¡¿Estoy enfermx?!

Por Juan Mascorro

Cuando eres una persona de la comunidad LGBTIQ+ viviendo en una sociedad profundamente machista, patriarcal, heterocisnormada y moral-religiosamente conservadora, llega el punto en que te dicen tantas veces que hay algo “mal” en ti, que puedes llegar a dudarlo. Y en realidad, el problema SÍ es que lo digan, pero es AÚN más problemático que lo creas.


En primer lugar, debemos de recordar que, como todo el conocimiento humano, la psicología está profundamente influenciada por el ambiente donde se genera y crece; en este caso, hablamos de una sociedad occidental cuyas raíces están firmemente plantadas en un contexto religioso conservador que condena toda expresión que se aleje de la heterocisnorma y la expresión de género binaria; las bases para fundamentar esta persecución fueron evolucionando: pasaron de basarse en textos religiosos a fundarse en términos médicos que aseguraban que las expresiones y orientaciones hetero-divergentes eran enfermedades mentales.

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En 1952, la Asociación de Psiquiatría Norteamericana incluyó a la homosexualidad en el Manual Diagnóstico y Estadístico de Desórdenes Mentales (DSM-I), solamente para retirarla 21 años después, en 1973, con la Asociación de Psicología Americana rogando abiertamente a todos los profesionales de la salud mental su colaboración para retirar la etiqueta de enfermedad mental que se ha impuesto sobre la homosexualidad. Al final, la Organización Mundial de la Salud retiró la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales el 17 de mayo de 1990, y la transexualidad el 20 de mayo del 2019.


Si bien eso es en sí mismo motivo de festejo, hay que reconocer que un gran daño ya fue hecho: la idea de que las personas LGBTIQ+ tenemos una enfermedad mental ya quedó grabada en la mente de millones de personas. Una encuesta del 2016 de la Agencia de la Unión Europea para los Derechos Humanos Fundamentales mostró que una gran cantidad de profesionales de la salud en países como Bulgaria, Hungría, Italia, Polonia, Romania y Eslovaquia siguen considerado las identidades diversas como una enfermedad. Y si contamos además de esos “profesionales” de la salud mental a la gran cantidad de tías conservadoras, líderes religiosos antiderechos y masas fanáticas de nuestra sociedad, nos veremos sobrepasadxs.

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Lo que verdaderamente preocupa es el efecto que todo esto ha tenido dentro de la propia comunidad LGBTIQ+: vivir dentro de este ambiente genera tanto miedo, odio e inseguridad, que acaba permeando la salud mental de muchxs de nosotrxs: depresión, ansiedad, y la tasa más alta de suicidios de un grupo de personas en el mundo.


Frente a esta realidad es básico y necesario estrechar los lazos de amor y aceptación dentro de nuestras comunidades, a fin de poder reconocer sin vergüenza ni miedo los síntomas de las enfermedades mentales que podamos presentar, recibir el apoyo necesario para enfrentarlas y tener el acceso a profesionales de la salud y medicamentos, así como levantar nuestra voces y seguir trabajando y luchando para crear los cambios legales, sociales y estructurales que nos permitan llevar la vida libre, feliz y plena que todxs merecemos, porque como dijo Gloria Trevi: ¡NO ESTOY LOCA!