Cuestionemos el privilegio blanco de nuestro movimiento (por más incómodo que sea)

Si bien estamos en un mes de celebración, creo que es importante que aprovechemos que todxs queremos hablar de ser queer para sentarnos un ratito y hacer un ejercicio de autocrítica, revisar lo que hemos caminado, lo que falta por avanzar y las muchas áreas donde nos quedamos cortxs en la diversidad. Porque seamos bien honestxs, el movimiento LGBT+ es blanco y masculino, y aunque yo no soy la persona indicada para hablar de racialización creo que hay ciertas cosas que tenemos que poner en la mesa sí o sí.


  1. El movimiento LGBT+ está dominado por lxs blancxs.

Y no digo “blancx” refiriéndome al color, sino con la definición que usa Grada Kilomba: “Blancx no es un color. Blancx es una definición política que representa los privilegios históricos, políticos y sociales de un grupo que tiene acceso a las estructuras e instituciones dominantes de una sociedad”. Si ponemos atención a las “caras” que aparecen frente al movimiento en casi todos los espacios, cumplen con esta característica: ser queer es su “debilidad” pero aún así tienen cierto acceso a los espacios privilegiados de la sociedad.


Así como es importante que las personas heterocis se hagan conscientes de sus privilegios y los cuestionen, es igual de importante que quienes somos parte de la comunidad LGBT+ seamos autocríticos con los privilegios con los que vivimos y los usemos como punto de partida para seguir trabajando por el mundo incluyente al que se supone que le estamos apostando.


  1. La aparición de otros movimientos y términos es normal, necesario y no debilita la lucha.

Pensar que la lucha por la liberación sexual solo puede hacerse desde UN frente que *alguien* escoge no solo es poco preciso sino que simplifica la problemática a la que nos enfrentamos. No se trata solamente de eliminar la heterosexualidad asumida y obligada, sino de quitarnos de encima las estructuras que nos oprimen cuando nos alejamos de la normalidad, esta que es blanca, capitalista, religiosa, etc. Atacar todos estos frentes es esencial pero resulta ingenuo pensar que se puede acabar con estructuras tan grandes y arraigadas dando pasitos en una sola dirección. Tenemos que abarcar más frentes y dar pasos en todas las direcciones y estos esfuerzos tienen derecho a llamarse como se les de la gana.


En su texto “No soy queer, soy negrx”, Yos (Erchxs) Piña Narváez rechaza el término queer por ser usado por las personas blancas como bandera cuando quienes son llamadxs “rarezas o monstruosidades” históricamente son las personas racializadas. Más allá de ofendernos y ponernos a la defensiva sobre por qué el término es importante para nosotrxs, lo que toca es sentarnos a escuchar/leer y seguir cuestionándonos cosas para aprender de otras formas de resistencia.


  1. Si lo que queremos es eliminar las estructuras que nos oprimen a todxs, ¿entonces nuestras luchas son iguales?

No. Es muy fácil teorizar y decir “es que queremos lo mismo, entonces somos parte de la misma lucha” cuando las opresiones que nos atraviesan a nosotrxs no son las mismas (ni en magnitud ni en cantidad) que las de otros grupos o movimientos. No somos nadie para apropiarnos de las luchas de otrxs ni para decir que son iguales, sobre todo cuando otras personas se han dado a la tarea de nombrarse como parte de una lucha distinta. Cada quien resiste desde su trinchera y si no queremos caer en el complejo de lxs salvadorxs blancxs lo que nos toca es respaldar otras luchas, ceder los micrófonos, dar espacios para que otrxs personas, con realidades menos blancas que las nuestras, cuenten sus historias, hagan sus demandas y resistan desde el ojo público. Porque para que la lucha sea realmente de todxs, debemos reconocernos y respaldarnos entre todxs.


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