Celebramos nuestro orgullo bailando reggaetón

Ahora con el mes de Pride, las diversas formas de vivirnos, expresarnos e identificarnos se manifiestan desde lo político hasta lo artístico. Sin embargo, incluso dentro de la comunidad, lo que identificamos como medio válido de expresión del orgullo, se encuentra monopolizado por expectativas occidentales y hegemónicas.


La música y la danza, particularmente, han sido un bastión de resistencia dentro de la comunidad LGBT+ desde tiempos inmemorables. Pero no toda la música es reconocida como tal y tiende a existir una tendencia que discrimina a géneros específicos por razones muy particulares.


Parece existir un escrutinio público muy particular hacia el reggaetón, incluso más que otros géneros musicales. Se le caracteriza como violento, vulgar y sexista. Y ni hablar de las opiniones que se emiten sobre las personas que disfrutamos del reggaetón y del perreo.


Pero, ¿qué no en el rock, pop, bolero, cumbias, etc, existen también vicios que reproducen violencia y sexismo? Y entonces, ¿por qué solo se señala de manera generalizada al género del reggaetón? Lamentablemente, esto tiene que ver con posturas racistas y clasistas.


El reggaeton se originó en Puerto Rico en la década de 1990 y está influenciado por una fusión de hip hop latinoamericano, dancehall jamaicano y reggae en español de Panamá. Estos tipos de música surgieron de comunidades urbanas, en su mayoría negras, de América del Sur, por lo que es fundamental reconocer que las raíces del reggaeton son negras. En 1990 y en 2002, legisladores puertorriqueños aprobaron campañas de censura del género y desde el 2019, en Cuba, se prohibió su reproducción por “vulgar y mediocre”.


¿Pero verdaderamente esta fue la razón? El reggaetón es, por supuesto, música de fiesta. Pero también puso en primer plano temas como la discriminación racial y los problemas que enfrentan las comunidades urbanas pobres en el contexto latinoamericano de maneras que realmente desafiaron muchas de las narrativas dominantes sobre la pertenencia nacional. El reggaetón destaca las conexiones de la zona con la diáspora africana y genera un diálogo sobre las profundas violencias y discriminaciones que se viven dentro de estas comunidades.

Esto no quiere decir que el reggaetón no tenga problemas; ciertamente, podríamos hablar de las posturas de género a menudo problemáticas en este tipo de música, pero también hay que reconocer que el reggaetón ha sido señalado, objetivizado y exotizado por una visión blanca y occidental.


Incluso Reggaetoneras como La Sista, Ivy Queen han intentado presionar contra el blanqueamiento del género, pero también contra el primer plano del artista masculino en el género y el uso de solo mujeres blancas como bailarinas de fondo. Aunque están ganando popularidad, las reggaetoneras son mucho menos conocidas y escuchadas que los artistas masculinos de reggaetón, y hay muchas menos. A artistas que empiezan a incursionar en el género, como a Kali Uchis, le cuestionan y señalan la exposición artística de su experiencia como mujer bisexual porque acorde a muchas personas ¨lo hace por marketing¨ y no porque busque representación.


Parece que la corriente principal solo quiere escuchar a los hombres blancos cantando sobre la sexualización de las mujeres, y no a las mujeres negras y racializadas cantando sobre sus propias experiencias e identidades sexuales.


Y este fenómeno no es nuevo. El voguing por ejemplo, que tiene sus orígenes en una forma evolucionada del house dance y que nació de la comunidad afroamericana LGBTI+ de Harlem en los 60, fue whitewasheado y culturalmente se le atribuye a Madonna, una artista blanca (que amamos pero sorry that wasn’t cool) que “popularizó” el género y ahora se hace uso del mismo sin el reconocimiento de sus orígenes.


Entonces, la próxima vez que queramos criticar, opinar e incluso apropiar una expresión artística, hagámoslo desde el reconocimiento cultural y la apertura al aprendizaje. Hay mundos y luchas más allá de lo que conocemos y consumimos de manera popular.


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